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:: DESCUBRIMIENTO




Junto con Machu Picchu, la Fortaleza de Kuelap (siglo VIII d.C), aún hermosa, desconocida y envuelta en el misterio y la leyenda, es el mayor monumento arqueológico de los antiguos peruanos. Desde sus murallas de más de 20 metros de altura, a 3 mil metros sobre el nivel del mar, la perspectiva panorámica es inmejorable. Enquistada en la parte alta del valle de Utcubamba, de arquitectura circular y fino diseño en sus viviendas interiores, la construcción demandó la utilización de 40 millones de pies cuadrados de materiales. Callejones amurallados con la forma de embudos en declive permiten el ingreso al interior del recinto. Existen tres entradas que permiten acceder al corazón de Kuélap. En una de ellas los pasadizos van estrechándose hasta impedir que pase más de una persona a la vez, lo que facilitó la defensa de los antiguos habitantes de la fortaleza. A la izquierda del pasadizo hay una serie de viviendas semicirculares en perfecto estado de conservación . Unos metros más adelante se halla El Tintero (estructura circular con las paredes inclinadas). Se cree que allí se efectuaron sacrificios humanos y de animales.
Descubrimiento
En 1843, el juez de primera instancia Juan Crisóstomo Nieto llegó a Lima con un esqueleto de pelo rubio que encontró cerca de un poblado en la selva peruana. Dijo que era una momia que había hallado junto a muchas más en un complejo arqueológico que calificó como “la obra más digna de la atención pública”.
El juez era enviado a resolver un litigio de tierras, pero los pobladores lo llevaron a la cima de una montaña, donde había una enorme muralla y, sobre ella, cientos de extraordinarios recintos de piedra. Años más tarde, en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima, apareció el informe del juez que describía la colosal estructura y le colocaron de título: “Torre de Babel en el Perú”.
Desde su descubrimiento, han sido muchos los investigadores que han llegado hasta estas tierras para realizar estudios sobre Kuelap. El primero en hacerlo fue el sabio italiano Antonio Raimondi en 1860. Charles Wiener, Adolph Banbelier, Loors Langlots, Paul Henri Reichlen, siguieron sus pasos. Pero la descripción más minuciosa y completa sería la realizada por Alfredo Narvaez, de 1985 a 1987.