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Quien fue Alejandro Obregón?por Meira del Mar
Pintor colombiano -esencialmente colombiano- Alejandro Obregón es al mismo tiempo definitivamente universal. Respaldan lo primero sus temas, hallados en la patria inagotable, cuerpo desmedido palpitante de vida, hojas que llegan, flores que huyen, peces, grandes peces, aves de toda laya, cantoras, rapaces, toros negros, doblados, como si ellos por sí solos no bastasen, con la soberbia del cóndor. Para lo segundo, el respaldo es lo bien sabido: mientras más auténticos, más dentro de nuestros límites, más esto que tocamos, que oímos, esto que nos rodea, más, mucho más abiertos a lo ajeno, a lo lejano, a ese todo que abarca fronteras y abarca el ámbito que habita, sencillamente, el hombre.
Al irrumpir, mediados los años cuarenta, en la plástica colombiana, Alejandro Obregón aportó al lenguaje de su época, un dinamismo enriquecedor tras un largo paréntesis de estatismo. De ahí en adelante se le vio afirmar sus modos de expresión, y desarrollar una obra extensa e intensa que iba llevándolo a ese puesto singular que ocupa y que difícilmente podría serle arrebatado.
Cuando se está cerca de un ejemplo cualquiera de la obra de Obregón, lo que inicialmente seduce es el color, el embrujo del color que parece saltar las paralelas que lo contienen para desbordarse en la atmósfera que nos ciñe. Hablar del “color de Obregón” como del sello que lo aparta y lo hace diferente es ya axiomático. Y la verdad es que no es fácil hallar en algún otro la fuerza, la nitidez, el brillo inextinguible, la magia que posee el color de este artista. Para decirlo de prisa, es como si entre los ojos y el color no hubiese el mínimo obstáculo, ni siquiera el velo del aire: así de perfecto es el encuentro.
Después de haber encontrado los azules y los verdes, los rojos y los malvas, los grises, los blancos, ¡los amarillos! de Obregón, sí puede tenerse el convencimiento de haber vivido el Caribe. No sólo el mar sino su entorno, el vuelo cegador de sus pájaros, los soles siempre iguales y siempre otros, el estallido de la tormenta, los ocasos, el viento lejos, el viento. Una vez visto, lo que digo no puede olvidarse. Como no se olvida, tampoco, el trasfondo poético en que se mueven sus arcángeles terrestres, los seres que pueblan sus sueños, las luces, las sombras.
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